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El mundo y yo

Cuando era jovencita quería que el mundo cambiara, luego lo quise cambiar yo y ahora el mundo me quiere cambiar a mí. Me niego.

El mundo y yo, dos extraños

que permanecen eternamente ajenos

sobreviviéndonos

quemando naves en los altares sagrados

donde fenecen nuestras hazañas,

cediendo terreno a la destrucción de complacencias;

el mundo y yo en común

solo tenemos los días sombríos

la moneda que lanzamos jugándonos el equilibrio

en ese tira y afloja de la existencia.

El mundo y yo por fin juntos

de la mano hacia la misma locura

que nos condena.

El jardín

Desde mi torre de marfil
yo los contemplaba en la distancia,
me fascinaba su hipnótico embeleso
ocultando ignotos placeres que yo ansiaba conocer,
placeres de tierra, fuego y agua
que se entremezclaban en mi fértil imaginación aún intacta.
Mientras pensaba en ellos
su imponente seguridad me reinaba ajena
sucumbiendo a un mundo dulce y extraño
donde me supe ideal
en algún lugar donde el tiempo se detiene ajeno a la realidad;
en algún lugar donde nada es lo que parece y lo que parece no es nada;
en algún lugar donde las rosas no se marchitan y su perfume es eterno;
en algún lugar donde el dolor no duele, las heridas no sangran,
donde no se acaba la dicha, donde se oye siempre su voz y el hielo se derrite con una mirada;
en algún lugar donde las nubes no esconden el sol y la noche conserva su magia eterna…

Pero la vulnerabilidad del tiempo jamás se interrumpe
y sin querer va corrompiendo lugares,
certezas y sueños
y desaparecen un día entre las cenizas
de algún desengaño, desencantando;
y cuando todo es oscuro
entonces surge Fénix
y con sus alas te eleva de nuevo
acercándote al mundo de la esperanza,
y en algún lugar… los sueños.

Era  la luz húmeda y gris

en la tarde machadiana

testigo mudo de soledades

reposando en los enveses de hojas secas;

bajo un hálito de silencio

el agua fría de los charcos

dormía el sueño de gorriones muertos

al son de una música nebulosa

que riega la tierra triste

ahogada en el gris

de la tarde machadiana.

Beso

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja. Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

Cap.7, Rayuela.

J. Cortázar

Fuego

Un fuego que no sé parar me consume

vomitando lenguas en mis umbrales,

incendiando de anhelos y torturas

que no descifran sus misterios,

que se desangran en los silencios.

La rosa

Porque tiene espinas, la rosa

rosa es.

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