Cuando era jovencita quería que el mundo cambiara, luego lo quise cambiar yo y ahora el mundo me quiere cambiar a mí. Me niego.
El mundo y yo, dos extraños
que permanecen eternamente ajenos
sobreviviéndonos
quemando naves en los altares sagrados
donde fenecen nuestras hazañas,
cediendo terreno a la destrucción de complacencias;
el mundo y yo en común
solo tenemos los días sombríos
la moneda que lanzamos jugándonos el equilibrio
en ese tira y afloja de la existencia.
El mundo y yo por fin juntos
de la mano hacia la misma locura
que nos condena.
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