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Archive for the ‘Articulados’ Category

Ignorar es a menudo una manera muy efectiva de ser libre.
Libre de opiniones, de ortodoxias, de responsabilidades…
El conocimiento de las cosas es la perdición o la gloria.
A veces ambas cosas, a veces ninguna.
La nada se acomoda en el silencio y el silencio lo es todo.

A. Andrés Machí, Metamorfosis, Chiado editorial 2017

 

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Litterae

edipoingres

En aquellas tragedias griegas, donde el destino imponía su inevitable designio en las vidas de los personajes sofócleos, y ningún oráculo lograba librar de la fuerza epifánica y causística de errores de antaño a unos personajes inocentes que se sumían en sus terribles consecuencias sin que, a veces, ni siquiera ellos los hubiesen cometido, se nos revelaba que nada es susceptible de huir de un camino trazado por unas fuerzas generadoras que van manifestándose en un acontecer determinante hacia un desenlace trágico, único y previsto de antemano, imposible de cambiar.

Hoy veríamos el destino como el carácter propio de la inversión de vida con la que avanzamos a un final irremisible del que no somos conscientes y sí sufridores. Realmente, ¿somos los personajes de una historia escrita de antemano? Si es así, nada de lo que sucede es casual y somos las piezas de un rompecabezas universal que se va…

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Litterae

El sueño de Escipión

Entre los segundos que conforman el tiempo, se alza y se derrumba la efímera gloria de las cosas, y quizás, también de la misma vida.  Stelmarch.

Último día del año;  deambulando por la ciudad medio desierta de las seis de la tarde. Las calles sorben la media luz que aún las ilumina, pariendo sombras aquí y allá, y el aire de poniente, demasiado cálido para aquellas fechas, logra ascender los termómetros urbanos casi hasta los 17º. Siento como las sombras van apoderándose de las aceras, y los comercios escupen a los ojos sus artículos, tan repetitivos detrás del cristal que casi llegan a impresionarme.
Unas cuantas macetas de piedra salpican el pavimento gris llenas de pálidas flores de Pascua, a estas alturas ya ahogadas por la contaminación. Los adornos urbanos separan la calzada de las aceras. Tropiezo con uno al querer cruzar la calle deprisa…

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A mí me gustaría pensar que todo es cierto, que cuando pienso que sí, es que sí, y cuando no, es que no… pero no. Estamos sumergidos en la misma vorágine que la Tierra, dando vueltas, girando sobre nosotros y sobre el resto del mundo como una peonza boba y en esos giros que nos provoca la propia existencia nos vamos apartando de lo que somos, nos mareamos en un círculo infinito que nunca cuadra. Empeñados en la cuadratura del círculo, nos equivocamos una y otra vez porque no entendemos que el círculo es perfecto, que no necesita cuadrar, que las cosas suceden a veces solo porque sí, lo que no tiene una razón tiene una emoción o un sentimiento y en eso se basa la conducta de la existencia. Las preguntas no siempre tienen respuesta y las respuestas que encontramos tampoco son consecuencia de nuestras preguntas. Como pensaba Heráclito: en su devenir, la naturaleza es sabia y sigue su curso a pesar de nosotros. Y en ella busco refugio a mis desengaños. Observo las rosas que crecen desordenadas en un breve espacio del jardín, me cuesta entender sus espinas, me rebelo ante la rosa, pero la rosa es rosa porque tiene espinas y así, me sumo al mito de su perfecta armonía. También el círculo lo es porque es perfecto, no existe su cuadratura porque no es su naturaleza y nunca lo será.

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flores

Uno no sabe a ciencia cierta si esa maldición asmática que esconden siempre las primaveras se debe a ese hervir de la sangre, que desde lo más profundo del corazón comienza a circular locamente por las venas, o es quizás ese aire de plan renove que toma nuestra propia existencia, influida por el rebrotar de la naturaleza, el suave deslizar del hielo derretido sobre las montañas hacia el valle, cubierto ya de las primeras flores, y el zumbido dulzón de las abejas libando sus beldades en el aire tibio… Lo cierto es que con ella nos llega un ímpetu que se disfraza de laxitud no pocas veces, y que entre estornudos de polen nos aleja del frío invernal y nos acerca hacia un nuevo florecimiento anual que sólo tendrá lugar si supimos conservar la semilla durante el invierno; como una nueva etapa de la vida, buscamos entre nuestro bagaje interior esa caja de herramientas precisas para poder construirnos otra vez, con el mismo primor con el que la naturaleza construye su espacio. Y es entonces cuando nos enfrentamos a una nueva y difícil tarea de renovación espiritual. Quemamos rastrojos, limpiamos el jardín del alma de los malos recuerdos y lo abonamos con tierra fértil de sueños. Comienzan a derretirse nuestros hielos, renovamos los anhelos, regamos con la esperanza y nuestras semillas empiezan a germinar nuevas flores de ilusión. Y así, un año más, se cumple también la consagración de la primavera en nuestro espíritu.

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edipoingres

En aquellas tragedias griegas, donde el destino imponía su inevitable designio en las vidas de los personajes sofócleos, y ningún oráculo lograba librar de la fuerza epifánica y casuística de errores de antaño a unos personajes inocentes que se sumían en sus terribles consecuencias sin que, a veces, ni siquiera ellos los hubiesen cometido, se nos revelaba que nada es susceptible de huir de un camino trazado por unas fuerzas generadoras que van manifestándose en un acontecer determinante hacia un desenlace trágico, único y previsto de antemano, imposible de cambiar.

Hoy veríamos el destino como el carácter propio de la inversión de vida con la que avanzamos a un final irremisible del que no somos conscientes y sí sufridores. Realmente, ¿somos los personajes de una historia escrita de antemano? Si es así, nada de lo que sucede es casual y somos las piezas de un rompecabezas universal que se va configurando con nuestras propias existencias y experiencias y las de otros como fuerza creadora para la tarea de cumplir un Destino común, es decir, el hombre vive un destino individual que se suma al de la colectividad, cumpliendo un Destino de Destinos, y cumplirlo sería la razón de su vida, tanto individual como colectivamente.
Así, sin que podamos elegir apenas ni el orden ni las piezas de ese rompecabezas, hechas de un material que se deshace entre las brumas de lo mágico y esotérico, se va consumando ese Destino de Destinos en un movimiento armónico de causas y efectos que constituyen la continuidad de una espiritualidad, de un infinito.

En nuestro afán por controlarlo a toda costa, acudimos a la ayuda de adivinos, astrólogos y profetas en busca de vaticinios que resuelvan nuestra vida particular garantizándonos la perpetuación de la individualidad frente al colectivo y asegurándonos que esos momentos únicos que se suceden en un devenir existencial conducido con la propia fuerza del destino, tengan una esperanza de ser guiados en beneficio propio. Pero quizás debamos pensar que nuestros esfuerzos, al igual que en aquellas tragedias griegas, resulten vanos ante lo inaprensible del tiempo y el espacio que los conforma, y que lo único que nos queda entonces es la aceptación de la vida propia como un acto de descubrimiento constante que se enaltece en sí mismo. ¿Puede haber algo más sublime que cumplir nuestra razón de existir?

El destino, pues, está escrito, sólo nos queda descubrirlo.

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estanquegota

Hoy llueve. La lluvia de invierno siempre trae consigo esa melancolía gris que me transporta a un mundo en blanco y negro desde el sitio donde la contemplo, y veo a la señora Dolloway que se dirige a comprar flores, asustándose por la explosión de una de esas máquinas infernales llamadas automóvil, e imagino a Virginia Woolf susurrándole al oído todos los colores con los que estaba pintado el mundo entonces, los de las flores y los de los pensamientos de las personas que ahora, casi un siglo después, se diluyen entre la lluvia que cae de nuevo; y ese murmullo del agua gris me sigue devolviendo a la memoria del silencio en blanco y negro como el agua es devuelta infinitamente a la tierra que la sostuvo en otras épocas… Es el silencio del cine y de tres de los grandes héroes de su elocuencia: Buster Keaton, un genio en el despiadado tren del progreso, rumbo hacia los colores desvaídos de la floreciente industria cinematográfica de su tiempo; Harold Lloyd, empecinado en detener el tiempo colgándose de sus manecillas, y Charles Chaplin, en ese eterno silencio gris de sus filmes, significativo y agridulce que tan bien supo pintar los colores de la risa amarga e irónica del ser humano y sus miserias, poco después de que Freud se sumergiera en las oscuridades de la mente humana en busca del arco iris psíquico. Nacer del gris en una época gris y crecer en blanco y negro para expresar todos los colores del mundo y después acabar muriendo entre ensueños de lluvia que cae en un día gris de melancolía otoñal un siglo más tarde…

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