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Archive for the ‘En clave de mí’ Category

Nocturna

 

Eres
temblor de luna en el charco
bajo mirada estremecida,
diluida promesa de agua
en la sed de mi espectro,
vaho sutil de las incertidumbres
el error, la sospecha,
una gota de océano en el infinito desierto
de una sombrío fervor,
desangrado enigma que me envuelve
sin ruego ni llanto
el recuerdo de lo indescifrable
teñido de sol,
eres,
soy.

 

 

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Mi padre, que padece un deterioro cognitivo, pasa los fines de semana conmigo. Son los momentos de la semana en los que apenas puedo recuperar su personalidad de antaño y recordar mi infancia y todo lo que él me enseñó. Algo como una simple mirada al cielo límpido de la mañana mientras andamos por la calle, puede ser un detonante para su vuelta: ¡mira que cielo tan bonito!, me dice, está todo azul, coronando los edificios, sin rastro de nubes, y entonces recuerdo a mi padre en otro tiempo, en aquel en que nos iba descubriendo el mundo, las cosas sencillas de la naturaleza, esas en las que nadie se fija excepto él, como el ir y venir de las hormigas a su hormiguero, la perfecta y brillante tela de una araña entre los arbustos, el vuelo raso de las libélulas o el sonido del agua borboteando en el río cuando íbamos por los montes  con un gayato y una cantimplora al hombro,  y por un momento volví a esa infancia ya tan lejana. Mi padre,  joyero de profesión, fue creador de belleza desde la rotundidad del metal y las piedras sin pulir, dio vida y sacó la esencia de la más pura naturaleza con sus manos y siempre admiró una obra que había sido creada perfectamente imperfecta: la naturaleza.

La naturaleza es sencilla como mi padre, y la  sencillez es tan hermosa como aparentemente liviana; las cosas sencillas están por todas partes y conservan la belleza de lo primigenio, de lo genuino. La paradoja es que la sencillez  esconde una terrible complejidad porque esa es su esencia, también la de mi padre, pero no todos lo saben ver. La sencillez es perfecta, rotunda, genuina y hermosa, por eso es tan difícil de recrear y muy pocos consiguen sacarle su esencia. Mi padre sí sabe y supo trasmitirlo a sus hijas.

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playa malavarrosa

El último paseo por la playa; arena mojada sobre la piel tostada y el rumor de las olas acariciando la brisa.
Reflejos de nácar brumoso entre la espuma que rebosa sobre las rocas y un sol de atardecer de otoño que languidece.
Sueño con otras orillas y me sumerjo en el paisaje sin gaviotas de las barcas abandonadas.

El cielo ha vuelto amarillas las rocas, el mar es ahora más azul que nunca y la noche avanza por el este bañándose en el agua aún despierta.

Más allá de la bahía, una luz encendida contempla la escena desde el fondo del espigón y comienza a encenderse el cielo.
Miles de puntitos rilan traviesos en sus órbitas. Ya el mar se va durmiendo y la brisa, medio dormida, acompaña con su placidez el sueño melancólico de su adagio.

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Aparecen entre devastadoras gotas de silencios
los viejos fantasmas que dormían entre las teclas del piano,
donde yo me sentaba en las tardes de verano enardecido
a escuchar tus notas de bailarina rota…

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Hacía más de un año que no le veía, y anoche cenamos juntos, a la orilla del mar. Amigos de casi toda la vida, aficiones comunes, incluso un mismo tono en nuestros fracasos, y distinto en nuestros triunfos, si es que se pueden llamar triunfos a algunos sucesos. Me contó cómo había sido su vida durante el último año y medio, me contó su desastrosa experiencia y su renuncia definitiva al amor y me preguntó por la mía… Por un momento me alegré de no haber tenido que verle en tan mala situación, y, sobre todo, me alegré de no haber tenido que contarle mis últimos avatares in situ. Desde la distancia del tiempo se acorta la magnitud de los disgustos, y todo parece mucho más llevadero y banal cuando ha pasado cierto tiempo. Será porque el tiempo todo lo cura… Qué curioso que ahora, 24 horas después, reflexione sobre el tiempo y me de cuenta de que unas veces es un perfecto aliado de algunos intereses, para luego pasar a ser algo despreciable, cruel y tirano que jamás da tregua a las vidas humanas. Lo cierto es que anoche el tiempo voló entre la brisa marina y se resumió en apenas unas frases que ni siquiera ya tenían sentido al ser pronunciadas y la vehemencia que les daba valor hacía mucho tiempo que había trasmutado en una peligrosa y tristona resignación que se pegaba como el alquitrán de la arena a los pies del alma…

Sentido común, decía, lo único que no ha de faltarte en la vida es el sentido común. Es la regla de oro para que todo salga bien y nunca, jamás, falla.

Claro, ¿cómo va a fallar? Pero… Entonces ¿vives? Eso sólo era un pensamiento mío que no trascendía las barreras de la intimidad, y se quedaba en agua de borrajas, o casi que más que un pensamiento, era una de esas cosas que se aprenden de tanto darle vueltas al magín en los recovecos de la propia existencia. Y ya se sabe… la idea mata a la estrella, la aniquila… Una lleva toda la vida aplicando el sentido común una y otra vez, hasta que se va desgastando, erosionando, y adquiere un tinte artrósico que anquilosa la vida, y es entonces cuando el acontecer cotidiano se hace monótono e insoportable, terriblemente insoportable. ¿Acaso no es el riesgo lo que da sabor a la vida? ¿O es la incertidumbre de andar por arenas movedizas lo que nos paraliza? ¿Consiste en eso el dilema existencial? ¿O será que yo no estoy a la altura de esta enfermedad de trasmisión sexual que es la vida? Todas esas preguntas me hacía en el regreso, cuando recordaba la conversación en la estridente seguridad de mi dormitorio vacío…

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Suena el despertador y parece que las sábanas tengan tentáculos, me absorben hacia dentro con una marea onírica de sueños involutivos que seducen mi voluntad, ahogando cualquier amago de independencia insolente ante el estruendo que anuncia la realidad… Pero él no se rinde, sigue llamando a las cosas por su nombre con su voz de realidad, precisamente ahora, en lo mejor de mi sueño… ¡Venga! ¡¡sigue sonando, maldito!! ¡¡Sigue!!

Saco la mano por debajo del edredón. Noto el frío, es ese frío de cuando empieza a amanecer, ese mismo que se te mete en los huesos y te arrastra hacia el radiador, y pienso con poco entusiasmo en la falda que tengo que llevar para el trabajo.

El maldito vuelve a hacerlo de nuevo, ya no queda más tiempo, dice… Unaaaaaa, doossss y tres…  me levanto casi de un salto traicionando a las sábanas: el maldito ha ganado de nuevo. Me pongo la bata y las chinelas y voy hacia el baño sin apenas abrir lo ojos, recordando aún la tibieza de mi sueño, la tórrida escena de mi mundo truncado.

Cinco minutos no es mucho tiempo, pero cinco minutos bajo el agua son suficientes para arrancarme la ilusión, cinco minutos y ya empiezo a pensar, a malvivir…

Quiero volver a sus brazos, quiero dormirme y no despertar nunca, ser siempre una parte de ese todo que vaga en mis noches,  la ilusión de un día sin página en el diario, de un renglón sin torcer… Ilusa.

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